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Reportaje

Ene

2020

“Estamos para ser padre y madre transitorios de niñas profundamente dañadas”

Lissette Irarrázabal es jefa de una residencia colaboradora del Sename, con cupo para 17 adolescentes de entre 13 y 18 años, gravemente vulneradas en sus derechos. Con un equipo de 12 personas a su cargo, 8 dedicadas al trato directo, hablamos con ella y otra profesional sobre un trabajo complejo, un sistema que aún falta por mejorar y que a veces daña a quienes debe proteger y de una conmovedora fiesta de graduación.

Por Ximena Torres Cautivo y María Teresa Villafrade

Fotografías: Camila Toro

Alexandra (18) es un caso de éxito.

Esta tarde se gradúa de cuarto medio. Y el equipo de la residencia infanto-adolescente donde vive desde que salió del hospital después de un intento de suicidio, está decidido a que celebre por todo lo alto. “Hacía mucho tiempo que no se graduaba de enseñanza media una de nuestras niñas”, comenta la trabajadora social Lissette Irarrázabal (32), encargada de la residencia protegida Laura Vicuña, de Antofagasta. Ella y las 12 personas a su cargo -4 profesionales y 8 monitoras de trato directo- se han esmerado en comprarle un lindo vestido. Ayer, la mandaron a que se hiciera la manicure en un local del centro y ahora esperan a la maquilladora y a la peluquera. Luego se ocuparán de preparar el cóctel con que celebrarán su logro una vez que vuelva de la ceremonia en el liceo, donde asistirá con la sicóloga de la residencia y con una persona de Sename de quien se siente cercana. “Acá la esperaremos todas, el equipo y las demás chicas, que por estos días son 15. Nuestra capacidad máxima es para 17 niñas de entre 13 y 18 años. La fiesta que haremos no es nada muy diferente a como se celebra una graduación en cualquier casa”, dice Lissette, minimizando un esmero que nos impresiona por lo sensible, detallista y cariñoso.

Alex –nombre ficticio que ella eligió para proteger su identidad– es una chica pálida y pelirroja, nacida en Calama, serena y bien comportada, pero con un trastorno de personalidad severo. Padece desmayos, crisis de llanto, decaimiento. Sufre de “epilepsia silenciosa” y su historia está plagada de todo tipo de vulneraciones: abandono, negligencia, agresiones físicas y sicológicas por parte de la madre, abuso sexual de un tío… “Su bisabuela, que es su persona más cercana y responsable, se ocupa de un familiar con trastorno siquiátrico, por lo que no tiene posibilidades de ayudarla. Ahora, que Alex está en proceso de egreso, la familia de apoyo será la de su pololo, quien también tiene diagnóstico siquiátrico. La mamá de él ha sido especialmente preocupada de ella”.

En la previa de su graduación, Alex acepta contarnos su historia con una claridad y serenidad sorprendentes: “Siento que he aprendido muchas cosas aquí, en la residencia. He aprendido a ser más fuerte, a pesar de todas las situaciones difíciles que se producen”. De una convivencia que no es fácil entre jóvenes marcadas por historias de dolor y vulneraciones, donde el afecto ha sido casi inexistente y las relaciones personales suelen cargarse de conflictos. “Me cuesta relacionarme con las chicas que se evaden, las que van y vienen, y por las todas nos preocupamos cuando no llegan. Las veo tan rebeldes y agresivas, sobre todo a una de ellas, que me asusto. Pero soy capaz de entender que quizás han pasado momentos muy difíciles, quizás mucho peores que los que he vivido yo, y no han tenido soporte, nadie les ha enseñado. Yo las entiendo”.

-¿Cómo llegaste aquí, Alex?

-Fue cuando me vine de Calama, cuando me intenté suicidar. Después de eso, me trajeron para acá. Estaba internada en el Hospital a causa de mis crisis de pánico, las que se volvieron cada vez más sicóticas. Fue entonces cuando me intenté suicidar colgándome con una bata. Ahí conocí a mi pololo. Él estaba ahí por una depresión profunda, porque sus papás se habían separado. Tiene trastorno de personalidad límite, lo mismo que yo. Me siento contenta de haberlo conocido y de que su mamá me quiera y me acoja en Calama, en su casa. Ahí estaré cerca de mi bisabuela, pasaremos juntas las fiestas de fin de año. Tengo muchas esperanzas de que todo salga bien.

-¿Cómo te imaginas el futuro?

-Quiero estudiar para ser técnica en enfermería en el AIEP. Depende sólo de mí, porque existe la posibilidad de becas, y tengo todo para salir adelante. Cuando estuve hospitalizada vi esa labor y me pareció súper valioso lo que hacen esas personas. Yo soy católica y tengo mucha fe.

En uno de sus brazos, tiene tatuada la frase: “Nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero”; en el otro, dos rosas, y en ambos, marcas de las veces que se ha cortado. Cuenta que la pésima relación con su madre podría “tener vuelta. Ella me llamó el día de mi cumpleaños, lo que me parece un buen signo. Cuando vivíamos juntas, me agredía física y sicológicamente todo el tiempo. Ahora parece estar cambiando”. Alex rechaza las drogas. La primera vez que fumó marihuana fue a instancias del hermano menor de su madre, el mismo que abusó de ella y que, cuentan, terminó muerto en truculentas circunstancias. Fue en un ajuste de cuentas, luego de que se quedara con parte de una entrega de drogas. “Le cortaron la cabeza y luego apareció el cuerpo en pedacitos”. Todo eso lo vivió Alex, en Calama, nos dicen. 

OTRO CASO DE ÉXITO

Lissete Irarrázabal

La antofagastina Lissette Irarrázabal entró a trabajar al Hogar de Cristo en 2014. Partió haciendo un reemplazo post natal en un programa para adultos mayores y, al cabo de un tiempo, le ofrecieron postular a un cupo en una residencia infanto adolescente, colaboradora del Sename. La residencia Laura Vicuña, que hoy está a su cargo. “Cuando llegué, este hogar era para niñas más pequeñas, de 6 a 12 años. Ahora el rango etario es de 13 a 18, lo que complejiza más la tarea, porque las problemáticas se acentúan por tratarse de mujeres y en plena adolescencia. A eso hay que agregar el consumo de sustancias, característica muy común en la población que atendemos, y los problemas síquicos. Este es un trabajo muy difícil”.

En la región de Antofagasta, de acuerdo a datos de Chile Transparente, en 2016, había 345 niños, niñas y adolescentes en residencias de protección. De ellos, 268 estaban en residencias administradas por la sociedad civil que actúan como colaboradoras del Sename, 81 de ellos en residencias del Hogar de Cristo, como las 15 chicas de la Laura Vicuña.

-¿Qué has aprendido en estos cinco años de trabajo?

-Me he hecho mucho más consciente de lo clave que es la infancia en la vida. La primera infancia es determinante para convertirse en un adulto sano. Me he hecho más resiliente; he aprendido a vivir con dificultades, porque cada día llega cargado de ellas. Me he hecho más crítica. Nuestra tarea, como conocedores y ejecutores de estos programas, es llegar a un modelo que nos permita recuperar las trayectorias vitales de las niñas. Tal como dice la investigación del Hogar de Cristo “Estándares de calidad para residencias de protección de niños y adolescentes”, publicado en 2017, muchas veces se deriva a niñas de perfil muy complejo con otras que nunca deberían llegar a una residencia. Al hacer eso, un sistema que fue concebido para proteger, termina victimizando a las niñas. Son muchas las derivaciones inadecuadas y este es un problema que se ve en todo Chile.

La trabajadora social Ximena Villablanca Ossandón (36) es monitora de trato directo en la residencia. Es una suerte de madre sustituta y una clara figura de autoridad. “Las niñas son muy distintas unas de otras, aunque todas tiene en común el acarrear una carga demasiado pesada. Yo les doy todo mi apoyo, mis valores, mis principios, porque ellas no tienen mamá, no tienen papá y, cuando los tienen, están en procesos muy complejos de reconstrucción de la relación. Nosotros estamos para suplir ese papel de padres de manera transitoria”.

-Lo transitorio, no evita que se involucren en lo personal con las niñas. ¿Cómo lidias con eso?

-Voy a serte sincera, el peso emocional que carga cada una de ellas, pasa la cuenta. Muchas veces he llegado a mi casa llorando por las terribles situaciones que enfrentan, al punto que mi marido me ha dicho que deje este trabajo por lo mucho que me afecta. Pero cuando veo cómo ellas logran levantarse a diario, reírse, aprender, crecer, ser capaces de sobreponerse, siento que no puedo abandonarlas. Hay varias que, dados sus altos niveles de dolor, se portan mal y nos generan problemas con los vecinos, con los carabineros, pero yo las defiendo con todo. Nosotros no somos nadie para juzgar, criticar o censurar a personas que han padecido lo indecible. Por eso, yo saco una sola conclusión: es fuerte trabajar acá, pero no es imposible. Sólo se requiere vocación y creer en la capacidad que tienen las personas de cambiar. Sé que muchas lograrán salir adelante.

Lissette coincide en lo difícil que es la tarea que tienen entre manos. “Las niñas reconocen mi autoridad, porque saben que estoy en todas. Disponible 24/7. Y que tengo que responder a sus demandas. También saben que si actúan mal, les haré un encuadre firme. Sé que cuento con su respeto y me siento reconocida por ellas”.

Este trabajo desafiante y agotador, tiene compensaciones humanas enormes, asegura. Y recuerda a una chica uruguaya, que llegó con 15 años y una gran rebeldía. “Era respondona, desafiante, con una personalidad explosiva. Las demás le hacían bullying, no la querían, pero fue aceptando las normas, esforzándose. Al final, optamos por egresarla con el apoyo de la familia de su pololo. Yo mantengo contacto con ella y puedo decir con satisfacción que terminó el liceo, estudió peluquería, tiene un pequeño emprendimiento de alisado de pelo y esmalte de uñas. Acá aprendió lo importante de valerse por sí misma, de tener autonomía. Fue mamá precozmente, pero se mantiene con la misma pareja y han formado una linda familia”. 

¿COLABORAR O CRITICAR?

Tanto Lissette como Ximena concuerdan en que lo más doloroso es ver la discriminación que padecen y el estigma que persigue a sus acogidas. “Hoy, en esta casa, de quince niñas, sólo tres estudian. Las demás están desescolarizadas y no es porque sean flojas. Es porque los liceos les disminuyen la jornada. En el fondo, no asumen el desafío de enseñar y formar adolescentes profundamente dañadas.  Las impulsan a dar exámenes libres, lo que fomenta el ocio, no las ayuda”. Así como Lissette critica la indiferencia del sistema educativo regular, Ximena comenta que no les va mejor con el de salud. En los consultorios las discriminan. “La miran mal, las juzgan por cómo hablan o se visten”. En una oportunidad, no querían darnos hora, porque la enfermera decía que eran cabras irresponsables, que no asistirían a la cita. Yo no permito que las traten mal. Delante de mí, nadie les falta el respeto”. Con Carabineros, tampoco son fluidas las relaciones: “Un día un carabinero me dijo que iba a poner una denuncia en el Sename porque nosotras en la residencia no hacíamos bien nuestro trabajo, porque que nuestras niñas eran insolentes. Le respondí que nosotros atendemos a chicas que han sido maltratadas de las peores formas, que con qué derecho él las juzgaba”.

Le preguntamos a Lissette por una red de explotación sexual comercial que se habría instalado hace años frente a la residencia. Responde: “Fue muy difícil lidiar con algo así. Junto a Puerto Esperanza, que es una fundación que se dedica a batallar contra esas redes, aquí en Antofagasta debimos enfrentar el tema. Nosotras con nuestras niñas abordamos el tema de la sexualidad desde el autocuidado, porque todas arrastran historias de abuso sexual y suelen estar sexualizadas mucho antes que las chicas que no han vivido esas vulneraciones. Es un tema muy complejo”.

Este aspecto es una variable central a la hora de trabajar con mujeres adolescentes en residencias de protección. Según datos recogidos en el estudio “Del Dicho al Derecho”, en estas poblaciones, “la causa abuso sexual es más frecuente en mujeres (82,2%) que en hombres (13,8%)”, lo que, como dice Lissette, es un complejo elemento con el que las especialistas deben trabajar.

Nos cuenta que ellas ponen límites para las entradas y las salidas, como se hace en cualquier familia con hijos adolescentes, porque la residencia no es un sistema cerrado, pero les resulta muy difícil competir con las tentaciones del ambiente. “Antofagasta tiene mucho carrete. Hay mucha droga, alcohol y fiesta en las poblaciones que se encaraman en los cerros. Y eso expone a las chiquillas. Nosotros organizamos actividades recreativas –fiestas flúor, idas al cine, piyamadas, días de playa, clases de baile, cosas que están en sus intereses–, pero también competimos con la marihuana, los sicotrópicos, el alcohol, que son mecanismos de evasión emocional”.

Sin embargo, comenta que ha habido cambios de actitud en las acogidas, que la relación con los vecinos que en alguna época fue de “amor y odio” ha mejorado. “Hubo una época en que las chicas se escapaban por los techos, y eso naturalmente les molestaba mucho. Ahora, eso no pasa. La Navidad pasada incluso algunos vecinos del barrio se organizaron y les hicieron una fiesta de celebración navideña a las chicas”.

Esos gestos de empatía, de comprensión gratifican a Lissette, a Ximena y a todo el equipo, quizás porque son escasos y, cuando se producen, las alientan para seguir adelante. Afirma Ximena: “Nosotros nos tomamos nuestro trabajo en serio y por eso siento que debemos hacernos respetar. Yo veo que se hacen marchas y se reclama en las calles y en las redes sociales para que se termine con el Sename y sus organismos colaboradores. Pero jamás ha venido ninguno de esos activistas a golpear nuestra puerta y ofrecernos colaboración. ¿Saben esas personas que despotrican cómo es una residencia de protección? ¿Tienen idea cómo son las historias de nuestras chicas? Me encantaría que pusieran tanta pasión para colaborar como la que exhiben a la hora de criticar”, concluye Ximena, apurada por ir a preparar las pizzetas que habrá en el cóctel de graduación de Alex.

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