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Jul

2019

Víctor Silva: “Todos los días estoy propenso a que me maten”

Asegura que si supera los dos vicios que le quedan, dejará la calle. También le pide a Dios, su único amigo, que le ayuda a ser escuchado por Leonardo Farkas y conseguir el terrenito y la mediagua que requiere para cumplir su sueño. “Solito”, esa es su triste estrategia de defensa.

Por Ximena Torres Cautivo

 

“Soy Víctor Leonardo Silva Ancapil, del 14 de abril de 1955, 54 años, nacido en Chiguayante, voy a llevar 4 años viviendo en la calle, a causa del vicio: la marihuana, la coca, las mujeres…”, dice a medida que se aproxima a su ruco, menos que ruco. Es apenas una colchoneta en el suelo, en la tierra, a la vera de la avenida Las Industrias, en la comuna de San Joaquín. La cubre un plástico grueso y gomoso, de color azul, que se sostiene en unos cuantos palos. Ese es su techo. A la entrada, hay dos cajones que sirven de asiento. Uno tiene un cojín con forro tejido a crochet, ese es el que nos ofrece para sentarnos a conversar.

-Soy maestro pintor. Me vine del sur a trabajar en la pintura interior de la CasaPiedra hace una pila de años. Me pagaban 17 lucas diarias entonces. Yo empecé a decaer cuando murió mi madre. Ella se quedó en el sueño. Todas las tardes, veía la comedia en la tele, hacía su siestecita y un día no despertó. Yo estaba entonces pintando una clínica y no sabían cómo decirme. Si ella me viera hoy, querría que saliera de esto. Nosotros, sus hijos, fuimos malos con ella. Le faltábamos el respeto. Yo llegué hasta séptimo en la escuela. Era malo para la matemática, malo para el castellano, malo para el inglés. Iba a puro revolverla y hacerme el lindo con las chiquillas.

-A tu papá, ¿lo recuerdas?

-Uff, una vez me mandó a hacer algo y no le hice caso y me pegó con una pala aquí atrás. Si me da de lleno, me mata. Él golpeaba todo los días a mi madre. Llegaba borracho, le gritaba, le tiraba la comida al suelo, la insultaba. Crecí viendo eso y me llené de rabia, pero para qué voy a tener rabia ahora. Ya no tengo, pero no quiero saber nada de mi familia. No es que uno sea rencoroso, dama, sino que uno solo se metió en lo que está. Yo pasé tres años y un día en cana y los pasé solito, porque no me interesa que nadie me ande trayendo en la punta de la lengua.

-¿Te casaste, tuviste mujer, tienes hijos?

-Estuve 9 años en convivencia y tengo dos hijos, la Coni y el Leo, pero no quiero saber de esa familia. A mi hijos a veces los extraño, a la Coni sobre todo, pero ella vio fotos mías cuando salí de la cárcel y no le gustó, no me habló más. Yo pienso que un padre, una madre, sean como sean, no pueden ser juzgados. No pueden llenarse la boca con uno. Por eso, respecto de mi familia, es como si se me hubieran vaciado todo por dentro. He tenido más cariño y respeto de gente como ustedes, que vienen a traernos un café caliente a la calle. De ustedes, tengo más ayuda, tengo más amor. No crea, usted, dama, que no me doy cuenta de mis errores. Los reconozco y le pido perdón al único al que se le pide eso, al padre celestial.

-¿Por qué estuviste en cana, en la cárcel?

-Porque yo vendía marihuana, antes fui cuatrero. Mataba animales para el sur. Pero, mire, ya hice algo grande: ya no ando robando. Sólo me faltan unos dos vicios para salir de esto, para dejar la calle.

-¿Qué serían cuáles?

-Estoy en la coca y en la marihuana y, a lo lejos, me tiro la churri, como le dicen a la pasta, porque no debo mentir. Pero el fuerte mío es la marihuana, yo soy devoto de Bob Marley, menos mal que ahora no me encontraron volado.

Flaco, menudo, bien parado, Víctor viste un suéter de cachemira gris, jeans limpios, lleva la barba canosa, crecida, pero se ve de lo más estiloso. Cuando le celebramos la facha, imposta la voz, imita a un cuico y dice: “Tengo una parcela en Chicureo, con piscina, ¿qué se creen los moquillentos? ¿Acaso no saben con quién están hablando?”. Luego cuenta: “Cuando fui estafeta de una empresa en el sur, me pagaron un curso para que hablara bien y supiera presentarme en los oficinas. Duró como tres meses. Aprendí lo mío”.

-¿A qué te dedicas ahora?  

-Me levanto temprano y salgo a ofrecerme para hacer aseo en las casas, lavar los patios, limpiar autos. De repente me mandan a comprar cebolla a la feria para hacer empanadas. Me muevo por todos lados y los carabineros me ven pasar y me ubican. Soy amigo del mayor de la 5° Comisaría. Él me convida limones y me deja ver tele y ducharme en la comisaría. Pero quiero volver a lo mío. ¿Sabe cuánto gana hoy un maestro pintor? La última vez me ofrecieron un millón 200 mil pesos para ir a trabajar un mes a Calama, pero no me gustó la ciudad. A la semana, me devolví. Es bohemia de día y de noche, es como otro país.

-¿Qué es lo duro de vivir en la calle? 

-Dama, yo aquí todos los días estoy propenso a que me maten. Es todo muy violento. La otra vez vinieron con dos estoques, con dos cuchillos así de grandes, buscando a una niña. Es que aquí fuman de todo: anfetas, pastillas, pasta, coca… Entonces, ¿qué se puede esperar? Esa noche me salvé porque Dios es grande. Me querían puro linchar. Y eran dos. Yo igual me paré y tenía una gran fogata prendida y como siempre ando con unos fierros y palos, se fueron… Pero esa no es la mano. Yo no quiero pelear, porque si peleo, voy a volver atrás, voy a volver a portarme mal, voy a volver a robar, prefiero quedar como cobarde o como que no soy hombre, porque en la calle es distinta la mente, madre, distinta. No es como viven ustedes, ¿me entiendes?

-No mucho, explícame más.

-La calle no es como tu vida, la lógica no es la misma. Por eso yo soy solito. Por eso no quiero a nadie. A veces, cuando vienen a verme los amigos, dejo que se queden un par de noches, pero sólo a hombres. Muy a lo lejos acepto a alguna cabra y eso que todo el tiempo pasan a ofrecerse: mujeres, niñas, huecos. No es que sea machista, pero creo que la mujer debería ser más cuidadosa. Una vez tuve a una niña como dos días y me salió caro…

-¿Por qué?

-Cómo decirlo…, porque a su cuerpo le faltaba un poco de lavado, yo en eso soy cuidadoso. Te pueden pegar cualquier cosa. Igualmente, me dan pena. Las mujeres en la calle sufren más que uno. Por eso prefiero la soledad y no tengo amigos. Mi único amigo es nuestro Señor. Me gusta sacarlo a colación a cada rato. Hablo de él, pienso en él. Me despierto en las mañanas agradeciéndole y pidiéndole que ayude desde al más rico hasta al más pobre. Le pido perdón por mis tonteras, por mis vicios. Y le pido que me ayude a que Leonardo Farkas me escuche y me aporte con un terreno y una mediagüita para salir de aquí. Un conocido me está haciendo las gestiones por internet. Ese es mi sueño.

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